Bermúdez: «Monzón atesoraba un talento artístico incalculable»

La inquietud de las personas a la hora de determinar un propósito y emprender su realización adquiere forma de auténtica aventura, en función de su carácter incierto o de los riesgos que presente de antemano. Seguramente fue esta la tesitura a la que se enfrentó nuestro protagonista, hace más de cincuenta años, cuando decidió dejar su Isla y buscar nuevos horizontes al otro lado del Atlántico.

No fue aquella una empresa original. Porque en el tránsito entre las décadas de los 50 y los 60 del pasado siglo fueron muchos los paisanos que tuvieron la misma determinación: abandonar el hogar propio, dejando aquí a los seres queridos, y encomendarse a la providencia, poniendo rumbo hacia un destino más próspero. Esa aventura, tantas veces repetida, supuso una salida económica para miles de familias tinerfeñas y canarias, pero también provocó el desarraigo de muchos de los nuestros, definitivamente alejados de la tierra que les vio nacer.

Manuel Monzón Mingorance fue una de aquellas personas que, prácticamente con lo puesto, un día decidió embarcarse –en su caso como polizón– para intentar la epopeya de la emigración, tan característica en el devenir de nuestro pueblo. Casado y padre de un hijo, con otra descendiente en camino, estaba decidido a cambiar la suerte de su familia, por mucho que supiera los riesgos a los que iba a enfrentarse. Era lo de menos. De carácter inquieto y emprendedor, no quiso que pasara aquella oportunidad.

Cuentan sus familiares más íntimos –corroborando lo que él mismo nos relató tiempo después– que aquella aventura desarrollada en Venezuela, tan intensa como propia de un guión cinematográfico de éxito, acabó en unos meses. Sorprendido por la autoridad, sin documentos que justificaran su presencia legal en aquel país, hubo de regresar a la Isla, viendo inconclusa la tarea a la que se había entregado con tanta fe como imaginación.

Seguramente, en un primer instante pensó que regresaba a Tenerife con las manos vacías, al ver fracasado el intento de labrarse un futuro mejor en el citado destino. De hecho, tuvo que ser su padre, con enorme sacrificio, quien le prestase ayuda suficiente para salir adelante. Pero lo que nunca pudo imaginar era que –fruto de aquella aventura fugaz– aquí acabaría por alcanzar la gloria, con el añadido de que ese éxito podría compartirlo, a modo de tributo, con su amado pueblo chicharrero.

Porque es de todos sabido que Manuel Monzón Mingorance se trajo de América la simiente de lo que acabó siendo una de las señas de identidad de nuestro Carnaval. Sensible con la interpretación musical, un rasgo que le venía dado de su inequívoco carácter parrandero, algo del rico folklore hispanoamericano captó su atención de manera sobresaliente. Y ese algo terminó por convertirse en el germen de nuestras comparsas, de esas agrupaciones que otorgan hoy carta de naturaleza a las fiestas más internacionales entre cuantas tienen lugar en el Archipiélago.

Puede que otro, en su posición, hubiese sido incapaz de transmitir el conocimiento adquirido entre quienes le rodeaban. Sin necesidad de ser alguien instruido para la interpretación –y aún menos para la composición–, Monzón atesoraba por naturaleza un talento artístico incalculable, adornado con una capacidad extraordinaria para compartir con los demás tanto saber y experiencia. Tomando como base la Recova, donde se estableció gracias a aquel apoyo de su padre, poco a poco contagió su inquietud a los compañeros de otros puestos, para acabar creando una parranda diferente, tocada con los aires latinos que tanto habían llamado su atención en el continente hermano.

Emocionado por la sintonía lograda con sus compañeros y entusiasmado por la respuesta que tenían sus actuaciones espontaneas, Manolo Monzón se animó de tal manera que decidió crear una agrupación distinta. Imaginativo como pocos, enriqueció la parranda con la incorporación del baile y dio así con un grupo absolutamente genuino. Y ese grupo, la comparsa –bajo el nombre de Los Rumberos– terminó siendo, sin que entonces pudiera imaginárselo, su gran contribución al Carnaval. Diría más: su gran regalo al pueblo de Santa Cruz de Tenerife.

Aunque desgraciadamente ya no esté entre nosotros –por más que gocemos de la obra que nos dejó en forma de legado cultural–, la figura de Manolo Monzón perdura para siempre. Una figura cuya imagen más definitoria, eternamente impresa en nuestras retinas, se plasmaba en cualquiera de los desfiles callejeros. Una figura sobresaliente y desenfadada, auténtica e impetuosa, dinámica e inigualable, al frente de la gran familia rumbera y al son del “Mamá, llévame a La Habana”.

No hay que olvidar que la entrega de Manolo Monzón a la causa del Carnaval propició la construcción de uno de los pilares de nuestras Fiestas, el del género de la comparsa, con el que enriquecimos un cartel en el que ya figuraban otras agrupaciones históricas y representativas, como las rondallas y las murgas. Con todas ellas, igual que con las Reinas –suma de la belleza singular de la mujer chicharrera y del arte otorgado por los diseñadores a sus fantasías–, los Carnavales adquirieron ese sello propio que le ha valido para reforzar la imagen exterior de Tenerife. Y de ahí su reconocimiento como únicas fiestas de Canarias con el rango de interés turístico internacional.

Nadie mejor que sus familiares, amigos y compañeros para dar fe de la emoción y el orgullo que embargaban a Manolo Monzón cada vez que tenía la oportunidad de pasear el nombre de Tenerife fuera de los límites isleños. Es ésta una virtud que distingue a los ciudadanos que quieren a su tierra y a su gente, de manera incondicional. Personas que, además, se caracterizan por emprender y sumar; que contribuyen con su obra al enriquecimiento de valores colectivos, que suelen estar ligados a la voluntad y al desprendimiento a la hora de emprender acciones, cuyo único objetivo es lograr el bienestar de los demás.

Si atendemos a esa premisa, cualquiera de los muchos que nos enorgullecemos de haber disfrutado de su amistad y cercanía, podemos pensar directamente en Manolo Monzón, una persona que cumplió con creces con esa condición de hombre bueno y entregado a su gente y a su tierra. Porque nunca cejó en su ímpetu por trabajar por el bien de Santa Cruz. Sin desmayo, prácticamente hasta el último instante de su vida, siempre se ocupó en transmitir ánimo e ilusión a una sociedad que debe estarle muy agradecida por su comportamiento honrado y generoso.

Consciente de ello y por ese motivo, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha querido reconocer a título póstumo la personalidad de Manuel Monzón Mingorance con la entrega de esta distinción que le inmortaliza como Hijo Predilecto de la Ciudad. Estamos convencidos de que hacemos justicia con la memoria de una persona que contribuyó de manera decisiva a engrandecer el Carnaval, y por extensión el propio municipio, desde un espíritu cívico indiscutible y con una dedicación inagotable.

Confío en que todos aquellos que en estas fechas trabajan en los preparativos de las próximas fiestas, en tantos rincones de nuestra ciudad, vean en esta distinción un estímulo para seguir adelante y prosperar. Porque en la trayectoria dibujada por Manolo Monzón, durante casi medio siglo de su vida, hallamos el mejor ejemplo de dedicación a la obra cultural del Carnaval y de servicio al municipio que tanto quiso, brindándole lo mejor que tenía de sí: SU ENORME CORAZÓN CHICHARRERO.

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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