Charlot, historia viva de Carnaval

Pedro Gómez Cuenca salió por primera vez de Chaplin en 1958. Desde entonces no ha faltado ni una hora a la fiesta. «Ha sido una vida larga que se nos ha hecho corta», reconoce su esposa, que agradece tanto cariño recibido.
Quien dice que el Carnaval chicharrero carece de un museo es porque no se ha adentrado en la casa de Pedro Gómez Cuenca, quien incluso antes de las primeras Fiestas de Invierno, en 1961, ya salía convertido en Charlie Chaplin.

Su casa desborda historia de Carnaval, pues atesora los centenares de trofeos, fotografías y detalles que ha recibido en sus 54 años de participación. Y todo comenzó porque la esposa de don Pedro, Victoria Álvarez, le «obligó» a vestirse de Charlot cuando en 1958 se estableció en Tenerife. «Estuvimos de novios seis años; nos casamos en 1955, en Madrid, y nos trasladamos a Tenerife en 1958. Siempre que se despedía de mí siendo novio sacaba su cepillito de grabador, se lo colocaba debajo de la nariz y, al estilo de Chaplin, se despedía», recuerda doña Victoria. Desde entonces, Pedro Gómez Cuenca no ha faltado ni una hora al Carnaval chicharrero.

Hijo de un carpintero especialista en escaleras y de una ama de casa, Pedro es el más pequeño de tres hermanos, los dos ya fallecidos: Enrique, forjador, y Carmen, modista. Natural de la localidad madrileña de Cuatro Caminos, la madre enviudó y se empeñó en que Pedro no abandonara la formación para trabajar, por lo que curso Bellas Artes, hasta constituirse en un gran grabador artístico. Estuvo en la firma Guiserís, en la madrileña calle de Montera, hasta que un amigo le propuso trasladarse a Barcelona o Tenerife. En 1955 ya estaba casado y doña Victoria no lo dudó. Ella, que trabajó en la empresa Telefunken, ya había estado en Barcelona y prefirió venirse a Tenerife. Pedro puso una condición: «Conseguir trabajo y tener trabajo». Por ello, remitió un muestrario a la Joyería Purriños, a Mercedes Claveríe y a Rosendo. Fue la llave maestra que le permitió garantizarse un sustento. Primero se trasladó él y, más tarde, su familia. En su domicilio estableció su taller de grabador; esta estancia la ocupa su particular museo del Carnaval Charlot de Tenerife. A la conversación de ayer en su vivienda, con doña Victoria, Pedro Gómez Cuenca asiste con cara de víspera de Reyes, ilusión, con una sonrisa imborrable y un silencio que evita quitar o poner detalle en la animada, y emocionado recuerdo, de todo lo que ha dado Pedro Gómez Cuenca al Carnaval. «Ha sido una vida larga que se nos ha hecho corta», explica Victoria. «Se podrá olvidar de muchas cosas, pero nunca de tanto cariño que ha recibido del pueblo de Tenerife», cuenta. Pedro recupera la memoria para hablar de la señora que se lo encontró por la calle y le dijo «anoche lo vi en la tele», pensando que era el Charlot de verdad, el de Hollywood; o de la pareja que un día pasó a su lago y el chico retrocedió para pedirle, de favor, si no le importaba dar un beso a su pareja. Este experiencias con el pueblo llano, como dicen, están grabadas en el corazón de Charlot de Tenerife.

Un chicharrero nacido en Madrid
Pedro Gómez Cuenca nació en Cuatro Caminos, Madrid, el 11 de octubre de 1926 y se trasladó a Tenerife en 1958. Como dato curioso, el mismo día de su nacimiento fue inaugurado el parque GarcíaSanabria de la capital tinerfeña.

Una grabador de lujo
Su trabajo como grabador artístico es muy elogiado. Victoria recuerda una anécdota con la Casa Real. En 1973 el actual príncipe vio por la tele a Charlot y le mandó una foto dedicada. En una visita posterior, Pedro grabó una foto suya y se la entregó a la Reina, que pidió conocerle para que le explicara cómo pudo dar tanto realce a los ojos. “Parecían reales”.

Familia Gómez Álvarez
Pedro Gómez Cuenca y Victoria Álvarez tienen tres hijos (foto de la dcha): Victoria Eugenia, Mary Carmen y Pedro José, este último nacido en El Toscal y profesor de Bellas Artes en la ULL. Además tienen cuatro nietos y una bisnieta.

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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