En los indianos, Eva volvió a ser joven, por Víctor Martín

La fiesta debe disfrutarse en grupo. Solo, entristece. Cada palmero, también el foráneo, tiene una historia que contar tras este acto.

Eva se fue un día a Tenerife a estudiar y allí hizo su vida. Hace apenas dos años fue protagonista de una crónica similar a la que usted ahora lee. ¿Se acuerda? Volvió a la fiesta tras encontrarse en el sótano, entre cajas amontonadas, un vestido con multitud de encajes. Llegó recién separada, se reunió con sus antiguas amigas, gozó de los polvos… Desde aquello, su mundo ha dado demasiadas vueltas.
Este año ni tan siquiera vio cómo la Negra Tomasa bajó las escaleras que descienden desde la iglesia del Salvador. La “enviada” por Fidel desde Cuba no pudo desembarcar en el puerto. La fiesta tiene límites y no era “plan” de chocar con el luto por los cinco fallecidos en el accidente ocurrido en un crucero apenas un día antes. La plaza de España estaba tomada por gente vestida de blanco, que hasta se hartó, y con razón, del “palique” tedioso de los “embajadores” que anunciaron la llegada de “Sosó”. Si es con poca guasa, mejor breve. Apareció el “personaje”. Comenzaron los indianos.
Eva ya no se cree hermosa ni tiene el cuerpo para empujones. Le molestó que a las doce del mediodía no hubiera donde aparcar e incluso se enfadó cuando un chaval le tiró sus primeros polvos. “Señora, que no hacen daño”, le gritó el adolescente mientras ella  arrugaba el semblante. Parece venir forzada. La acompaña un nuevo “amigo”, con el que almuerza para llegar a tiempo al reparto de polvos.
El ayuntamiento se encarga de regalar miles de kilos del “maná” blanco. Un vehículo se pone en la plaza de la Constitución, que no es plaza, sino carretera, junto a Correos, y distribuye polvos entre gente que sería capaz de morderse por 200 de aquellos gramos. A esa hora, hay indianos por todos lados. La caminata se inicia, en teoría, en la calle Real, pero es un mogollón que se extiende por la avenida Marítima, El Puente…
En aquel reparto no está Eva. Ella aparece sentada enfrente. Comenta con su “amigo” aquellos años en los que la música eran sones cubanos y no batucadas, cuando los indianos era teatro… Parece conformarse con lamentarse. Así hasta que por sorpresa aparece su gente. Fue de repente. No habían quedado, pero allí aparecieron. Eran tres de su edad: 47 primaveras. Le alteró el espíritu. ¿Saben? Los indianos son para pasarlos en grupo. Te ves “solo” y te entristeces. Ni un novio nuevo te mejora el día. A ella ver a sus chicas del barrio le cambió el “chip”. Tres rones, por un precio de estafa, en el bar de al lado hizo el resto. Ya le daba igual salsa o bachata que oír a Mocedades.
La subida hasta la Alameda es entre empujones. Hasta te pisan. ¿Y qué? Unos cantan en la plaza eso de “chicharreros de corazón”, otros te invitan a bailar, incluso hay quien comparte la bebida. A la plaza de España llegas casi de noche. Y eso que es un “fisco”. Hay buen “rollito”. Se toma la Pérez de Brito. Eva ya va a su “rollo”. Ahora se siente bella. Igual que hace dos décadas. La calle es estrecha. Alguien te besa vestido de negra. No sabes quién es, pero ni le preguntas. Luego polvos. Más polvos. Todo finaliza cerca del barco de la Virgen. Acaba, pero no te quieres ir. Son los indianos.

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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