La murga canta al otro Santa Cruz

Siete grupos cantan a los chabolistas del Pancho Camurria, como propuso “El Peligro”. Nace así el festival de los sentimientos.

Cinco de la tarde. Patio de “residencial” Pancho Camurria. A la izquierda, la autopista; a la derecha, una veintena de chabolas donde viven treinta y cuatro personas. Este festival no lo promueve el ayuntamiento, ni la Concejalía de Fiestas, ni siquiera una murga, sino Yeray Reyes, triqui y antes guachi más conocido como“El Peligro”.
La luz, el sol. El sonido… el del tráfico. La tarima, un monturrio entre el patio y la autopista. Las sillas, las de las chabolas. La taquilla, cuatro burras y un tablón sobre el que se acumulan alimentos, ropa… El decorado, las vallas publicitarias que se levantan a la puerta de sus hogares.
Paradojas de la vida, Yeyo, uno de los vecinos de “residencial” Pancho Camurria, trabajaba en la empresa que se anuncia a la puerta de su chabola. Fue hace casi dos años. Él era el jefe de ferretería de una gran cadena de negocios. Hoy reside junto a la autopista, con su pareja, y con el orgullo de habérselo ganado con su esfuerzo enseña su “piso”: un salón, enmoquetado con una alfombra de apenas dos metros cuadrados. “No todo lo perdimos”, dice mientras señala a una pantalla de televisión de pantalla plana, que pueden ver las cinco horas que conecta un motor que nutre también a la nevera. Eso es “al fondo” del salón, en la cocina. En el otro lado, el dormitorio de matrimonio, con colchón, en el suelo, y mesas de noche. “No puedo vivir con la ropa tirada”, admite.
A la espera de que comience el festival que convocó El Peligro, Yeyo cuenta que viven de la ayuda que recibe su pareja. Él no tiene derecho a nada porque, cuando perdió el trabajo, solicitó que le entregaran todo lo que le correspondía del paro para montar una empresa. Fueron 14.000 euros que gastó en abrir una tienda de electrodomésticos en la barriada de La Victoria, en la parte alta de La Salle. Pero no pudo esperar tres años por las pérdidas que generaba y la cerró antes del plazo fijado. Eso se le convirtió en una rémora, porque si va a pedir ahora una ayuda social o prestación “salta la alarma de que primero tengo que devolver esos 14.000 euros por no cumplir el plazo de tres años”, cuenta.
Yeyo es uno de los 34 vecinos del Pancho Camurria, como Juan o Jesús. Ayer también acudió al festival del “Peligro” Sergio, uno de los residentes de la fábrica Celgán.
Son las cinco y media. Las murgas se adueñan del patio del “residencial”. Es el otro Santa Cruz.
Sin ningún medio técnico, los grupos protagonistas lo bordan y en menos de hora y media cantan pasacalle y despedida. Ni siquiera hay presentador. Cada director actúa de maestro de ceremonias. Primero Ni Pico. El director, David Díaz se rompe, de emoción, al agradecer la colaboración de sus compañeros. El lugar impresiona casi tanto como la demostración altruista de las murgas. Siguen las actuaciones de Zeta-Zetas, que hasta se llevó su mascota; Burlonas, Triqui-Traques, Desbocados, Mamelucos (que sorprendió otra vez al cambiar su pasacalle para adaptarlo al Pancho Camurria)… y para terminar todas cantan un chío chío que escribió Marcos, de Triqui. Aunque llegaron tarde, también actuaron para los sintechos Triquikonas, en un entrañable y exclusivo recital.
Las murgas demostraron generosidad y practicaron ayer el apostolado del bombo y la trompeta en el Pancho Camurria.

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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