Lo que sobran son dj’s, por Erick Canino

Resulta curioso comprobar lo poco que se mima la música en una fiesta cuya esencia es ritmo y baile.

Cuando todo parece perdido, Oscar de León termina siendo un bálsamo que alinea todas las almas en la misma dosis de alegría necesaria (lo que se puede alinear en el desorden hermoso de la fiesta, claro). Entonces es como si los verdaderos ojos de Carnaval invadieran las caras en todos los disfraces. Son los pequeños momentos de éxtasis dentro de un universo sonoro mayoritariamente escaso, de corte pobre, de calidad dudosa. La ecuación parece sencilla, pero no hay manera de acertar. Resulta curioso lo poco que se mima la selección musical en unas fiestas que pueden ser en esencia eso mismo, música y baile.
Pero el corazón colectivo lo engulle todo hasta lo corrosivo de las radio-fórmulas. El mismo Carnaval es la cura de sus propios males. Siempre triunfa la noche en sus calles con sus enclaves latinos (por ejemplo, la Plaza del Príncipe); con la cumbre del botellón en la Plaza Weyler, con la riada inagotable, aunque espaciada, en la calle San José y sus bifurcaciones hacia la izquierda y hacia la derecha, hacia la derecha y hacia la izquierda, y vuelta a empezar.
Se echó de menos algún Armstrong, el mal ciclista, y aquel Hannibal Lecter solitario, con celda y todo, que pasaba horas en las cercanías del Águila en su parsimonioso papel de lunático; o aquellos hombres-palmeras que sobresalían de la multitud con sus enormes hojas verdes adosadas a su cuerpo; sí estuvieron los flamencos, con su propio tablao; la docena de ellos y ellas caracterizados que emulaban en coreografía una montaña rusa (brillantes); la menina (una), a medio escapar de su propio cuadro con su inseparable marco de 1×2 metros. Y por una vez, hubo casi tantos policías fálicos como “tesoreros Bárcenas”. Sobres y sobres y billetes de 500 euros.
Algunos de los mejores momentos se encuentran de camino a la multitud, en las primeras horas, cuando las carreteras quedan a merced de deportistas en sus partidos de tenis imaginarios, nadadoras de sincronizada poco sincronizadas o mecánicos de Fórmula 1 parando a los coches y simulando cambios de neumáticos y repostajes de gasolina.
Hay de todo en Carnavales y casi nada sobra. Casi nada, porque lo de tan mala selección musical ya está dicho en el mismo título. Quedó por ver lo que se cuece en la pujante Calle Clavel; allí la programación va con nombre y apellidos, cada uno con sus maletas llenas de cds y discos… ¡Que viva la personalidad!

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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