Primeras murgas infantiles de Canarias (I)

A comienzos del siglo pasado los niños emularon a las “murgas adultas” que salían desde 1917. Aquellas pandillas incluso celebraban en todos los barrios sus “entierros” de la sardina.

En Santa Cruz de Tenerife, a principios del pasado siglo, cada edición del Carnaval comenzaba de manera invariable, con la presencia de los niños de la población que, cual pregoneros, anunciaban con sus cánticos y su griterío, en prematuras horas del primer día de su celebración –“el sábado de preludio, o de vísperas”–, la llegada de las fiestas, pues era lo más esperado del año para aquella población infantil que siempre jugó un importante papel en el desarrollo de algunos de sus actos, formando parte activa –y a veces hasta exclusiva–, a la hora de organizar y llevar a cabo, por ejemplo, los múltiples “entierros” de la sardina que se celebraban prácticamente en todos los barrios de Santa Cruz, o participando en actos oficiales, recogidos en el programa de la Comisión organizadora, como los concursos de disfraz infantil, que vivieron su mayor auge y esplendor –con una multitudinaria presencia de niños y niñas–, en la última década del “Viejo Carnaval”, o sea, en los años treinta, lo que significó que se vieran en Santa Cruz, año tras año, los mejores disfraces de entonces.
Pero la participación de los niños en el Carnaval de Santa Cruz no quedaba solo en eso pues, a principios de los años veinte del pasado siglo, en distintos barrios de la capital, comenzaron a verse pandillas de chiquillos constituyendo las primeras murgas infantiles, emulando a las “mayores” que ya recorrían las calles desde 1917. En muchas ocasiones se trataba de la misma pandilla de niños que, días después, el “Miércoles de Ceniza”, realizaban en su barrio el tradicional “entierro de la sardina”.
De las primeras murgas infantiles que se tienen noticias, la más antigua es la que en 1924 integraron unos niños residentes en el barrio de El Toscal, en la calle San Juan Bautista, liderada por Manolo López Pérez “el Chino”, e integrada por otros niños del barrio, como Manuel Ruano “el Negro”, Vicente Rivero “el Talento”, Justo Molina García, Marcos Pérez Ares, Andrés “el Jareo”, Manolo García Curbelo y, entre otros, los hermanos Manolo y Domingo Martín Pérez -conocidos como “hijos del Victoriero”-, que preparó sus ensayos en el patio de la casa particular de uno de sus componentes, en la Avenida de Anaga, frente al Cuartel de Ingenieros y muy próxima a la playa de San Antonio, culminando su preparación en el patio de un “guachinche” de la calle San Vicente Ferrer, que hacía esquina con la calle San Juan Bautista, muy cerca del “Chorro de la Pila”.
Esta murga infantil tan sólo salió un año, pero fue la base para la fundación de otra, unos años más tarde y algo más juvenil, que, contando con la mayoría de sus componentes y otros “fichajes”, como Antonio “el Gomero”, Miguel del Pino y, entre otros, los hermanos Rafael y Casiano Rodríguez, fueron dirigidos en esta ocasión por Ángel Benítez Dorta “el Chevalier”. Participaron en el “Viejo Carnaval” varios años, con algunas innovaciones con respecto a la murga infantil antecesora, como el confeccionar los instrumentos de cartón -en lugar de sacar tan sólo la pita hecha de caña-, o vestir, en lugar de los trajes de telas de sacos, unos trajes “de levita”, auténticos, que les quedaban enormes y que les había regalado una señora que regentaba una pensión próxima, a quien unos clientes le habían dejado tales prendas ante la imposibilidad económica de abonar la factura del hospedaje. A pesar de ir ese año tan bien vestidos -pues en años anteriores vistieron los clásicos trajes de tela de sacos, hechos por la madre de cada componente-, no fue suficiente para los responsables del Hotel Pino de Oro, pues les soltaron los perros cuando los niños, con su murga, quisieron cantar en sus cercanías.

 

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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