Resignarse o ser guanche chicharrero, por Alexis Hernández

Alexis Hernández, periodista y letrista que marcó una época en el Carnaval, recuerda cómo fueron sus orígenes: «Siempre quise estar en una murga y nunca he sabido por qué».

En el Cardonal, entre 1978 y 1980, existían los Bambas y yo, que tenía unos diez años, era un niño, como los propios Bambas, pero que corría tras ellos cuando desfilaban. Recuerdo a los primeros Bambas, con traje de saco. La época en la que los dirigía Geni, luego Pocholo… vistieron de marcianos con luces que se encendían… y yo corría tras ellos. Nos teníamos que conformar con verlos desfilar y con suerte el pasacalle. Las canciones eran para el Guimerá.

La murga del barrio no era accesible para todos. En algunos casos las malas relaciones con los gestores de la misma y en otros la falta de dinero en la mayoría de los hogares para permitirse costear la pertenencia al grupo hizo imposible estar en los Bambas y posible que nacieran Los Guanches Chicharreros: Gregorio «el trunchi», Mingo, Santi «el chino», Rafa, el hermano de rafa -no recuerdo el nombre-, David, Marquitos, Juanjito, Francis Nuñez, Fernando Nuñez el mascota, Agustín y un servidor, Alexis Hernández, el director.

La murga se llamó así porque dábamos réplica a los Guanches Picapiedra de Las Palmas. El nombre se nos ocurrió un poco a todos aunque liderábamos artísticamente el grupo Agustín y yo. Desde luego las letras corrieron a cargo de Agustín y un servidor. Un bombo hecho con un bidón de agua -por ese entonces el agua se «iba» cada poco en el Cardonal- y decorado con cinta aislante roja y negra que era la que había en la Ferretería del «negro», que tenía de todo y que solo Dios sabe cómo conseguimos dinero para comprarlo.

Una caja/platillo con un bidón de Luzil y una pandereta ajustada. No había dinero para nada y mucho menos para platillos. Los pitos nos costó un triunfo y una excursión a la Casa de la Portuguesa en Santa Cruz. Como instrumentos donde insertar el pito, unos tubos sobrantes de telas que seguramente los conseguimos en Casa de Doña Josefa o Doña Mercedes, que tenían mercerías a pocos metros de donde sacó estas fotos el padre o la madre, no lo recuerdo, de Francis y Fernando Nuñez.

No recuerdo ni el pasacalle, ni alguna de las dos o tres cancioncitas que tendríamos, pero si sé que casi todo era contra las Palmas y que cantábamos nuestro cubanito. La Nifú Nifá en las Galas del Guimerá, me marcó.

Un disfraz «posible» para todos y para mi una banda amarilla que me distinguiera y una batuta con el palo viejo del escobillón que me dio mi madre y que forré con cinta y adorné con cinta aislante verde… de lujo!. Un buen director necesitaba una batuta, como don Enrique.

El padre de Francis y Fernando nos bajó a la plaza de España una tarde en pleno carnaval y cantamos en las escaleras de la capital nuestro repertorio, como hacía la Fufa en el Guimerá tras las Galas de la Reina. Al finalizar, pasamos la gorra y nos dieron unas monedas que gastamos en chucherías, pocas, pero suficientes para ilusionarnos con nuestro primer y único caché. Recuerdo esa tarde como la más feliz de mi infancia, y no exagero. No hubo ninguna más conectada con mis sueños de aquel entonces. El sueño duró sólo esa tarde. Los Guanches Chicharreros solo vivieron ese carnaval. Luego muchos se fueron a los Bambas y yo no tuve esa opción. Pero seguían siendo mis amigos para el fútbol, el escondite, monta la chica, marro fuera, el trompo, las chapas, el fútbol de moneditas, la quedada, los cochitos…

Desde esa fecha, sólo recuerdo desconsuelo hasta que, en septiembre de 1984, Paco Padilla y Tomás Rodríguez me invitaron a la primera reunión para refundar Los Bambones. Y solo fuimos tres: tres personas y empezó una nueva andadura de una murga que hoy continúa en activo. Esa fue la otra tarde importante y feliz en mi vida de adolescente porque a partir de ese momento, mi vida iba a ser, ser un bambón. Justamente como cantan hoy día en su pasacalle y que yo nunca he cantado, pero lo sentí en 1984… cuando nadie nos quería.

Hgonar

Acerca de Humberto Gonar

Murguero frustrado, buitre leonado, lengua trapo... son algunos de los epítetos con los que los colectivos críticos han definido a quien desde 1990 lleva vinculado oficialmente con el mundo de la información de Carnaval, a través de las páginas del periódico EL DÍA. Él se define como un murguero disfrazado de ajuntaletras.

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